REGALO POR EL DÍA DEL LIBRO

No se me ha ocurrido mejor excusa que hoy,un día tan especial para todos los que amamos a los libros, para escribir la primera entrada de este rincón y que, además, sea presentando a los que en una semana ya no serán solo mis chicos. Espero que disfrutéis del primer capítulo de Nuestro Caos y os animéis a conocerla historia completa. ¡Feliz día del libro!

Capítulo 1
Simon
Desde hace rato, el rugir del viento no cesa en aspaventarme el sueño, pero estoy tan atontado que; me coloco bocabajo, cubro mi cabeza con la almohada y aprieto los ojos en un amago de poder ignorar el ruido exterior y continuar durmiendo. Necesito silencio y oscuridad para poder hacerlo, lo cual, no es precisamente sencillo en un lugar donde las únicas persianas son retazos de madera, tapiando las ventanas sin mucho refinamiento en el acabado.
Siento algo frío traspasar la tela de la sábana, acto reflejo, salto del colchón y me pongo los primeros pantalones que pillo, lanzando maldiciones a las jodidas goteras sin perder tiempo en abrocharme el cinturón. No estoy muy seguro de cuantas me han caído en la cara a lo largo de la noche. Y me encantaría levantarme algún día de buen humor, aunque está claro que, con la bienvenida que me da el entorno, es prácticamente imposible. Salgo descalzo y, lo cierto, es que no sé ni cómo me atrevo. La única fuente de luz artificial cercana es una lamparita de acampada que dura mientras le das a la manivela. Además, mi memoria espacial recién levantado, es demasiado retardada como para salir de mi dormitorio sin tropezar, con tanto polvo y mierda contenida en las incontables cajas dispersas de forma irregular por la estancia.
Saco los escalones de la buhardilla y bajo con cuidado. Escucho un leve trasteo en el piso bajo, pero no me exalto y, aunque tengo serias dudas de que el abuelo duerma alguna vez, según mi reloj, es demasiado temprano incluso para recibir una visita suya. Suelo estar perdido entre los días del calendario, no obstante, atando cabos y analizando el modus operandi de mis habituales visitas, no me es complicado adivinar de quién se trata.
Así pues, con despreocupada lentitud, continúo avanzando en dirección a la cocina improvisada que tengo montada en el antiguo almacén de la barbería, y si mi olfato no falla, Rob ha conseguido cogerle el truco a la cafetera. No estoy muy convencido de que ese sea su nombre real, pero sabiendo que es una de las pocas cosas que me ha contado sobre él desde que viene cada sábado a darme la tabarra a la luz del alba, seguiré llamándolo así hasta que algo me indique lo contrario.
―¡Tu cafetera es una mierda! ―espeta en cuanto cruzo el quicio de la puerta―. Deberías plantearte comprar otra, no mejor, tan solo otra que no deje un gusto a requemado al café.
No me sobresalto al verlo, porque como ya he dicho, sus visitas empiezan a ser rutinarias. Lo que por más vueltas que le dé, no consigo resolver, es al cómo y por dónde se cuela exactamente. La semana pasada revisé a conciencia una a una cada ventana y no hay ninguna tablilla suelta, ni hueco lo bastante holgado, como para poder entrar por él. Cómo opción más remota pensé en que mi abuelo le hubiera dado llave, pero la deseché poco después de bregar abriéndola yo. Y si es pesada para mí, para él es algo difícil de conseguir.
―Buenos días a ti también, enano ―saludo con sarcasmo―. Deberías cuidar un poco tu lenguaje, dicen que ayuda al descanso de las muelas.
Levanta una ceja, poniendo cara de no haberme entendido. Claro que, teniendo en cuenta que como mucho tendrá seis años, saber con seguridad qué dobles sentidos comprende y cuáles no, es dejar trabajar a la intuición.
―No estoy muy puesto en nutrición infantil, pero dudo que tu madre apruebe un desayuno como ese ―digo sin ser capaz de quitarle la taza de las manos.
No voy a contaros como de desarrollado está mi sentido paternal, porque a mis veinticuatro años, es la primera vez que me planteo si mis ganas de darle dos patadas en el trasero se deben a la ausencia de él, o es más bien personal. Inspiro hondo y expulso el aire sin alterarme. Para medir poco más de un metro, toca los cojones que da gusto y tiene la lengua más descansada que yo en cualquiera de mis días malos. A veces me pregunto dónde narices ha podido aprender algunas cosas. La única explicación plausible que se me ocurre es que, en realidad, es un viejo escondido en el cuerpo de un niño.
―¿Por qué vives todavía aquí? ―pregunta, esbozando un gesto de asco tras darle un trago largo al café―. La semana pasada dijiste que habías encontrado algo habitable.
―Sí, lo recuerdo, eso y un: «Esto no es lugar para críos». No está bien colarse en… lo que sea esto para mí ahora. Además, no deberías fiarte de desconocidos.
―El señor Patrick ―empieza a decir como cada vez que se refiere a mi abuelo― no es un desconocido. Él te quiere y tampoco entiende por qué estás durmiendo aquí, teniendo una casa decente para hacerlo.
¡Papagayo! Esas palabras que bien podría salir de él, son una extensión del martilleo repetitivo de los monólogos del abuelo sobre su tema favorito; yo. Y por mucho que finja tener amnesia, él sí sabe por qué duermo aquí y no en casa.
―Si no esperabas encontrarme aquí, ¿por qué has vuelto a venir? ―Continúo con su juego.
―Tu bicicleta. Estaba en la puerta.
Medito su respuesta. Puede que la barbería o lo que queda de ella, le pille de camino a casa del abuelo. Normalmente soy cauto con las preguntas que le hago, porque con asombrosa maestría desvía la conversación hacia otros derroteros si no quiere revelar la respuesta.
―¿La barbería te coge de camino a casa de mi abuelo?
―¿Esto era una barbería? ¿Qué es una barbería?
¿Me entendéis un poco?
―Algo así, como una peluquería para hombres ―resumo con rapidez―. ¿Te has terminado el café? ―pregunto, con la camisa a medio abrochar y la bufanda sobrepuesta.
―¿Ya estás con las prisas?
―Remitiéndome a tus palabras de la semana pasada: «No vienes a verme a mí, sino al señor Patrick» ―aclaro, imitando su tono―. Así que, arreando. Tengo cosas que hacer.
―¿Buscar un sitio dónde vivir?
―Por ejemplo.
Nunca he sido hombre de multitudes. Tengo amigos, por supuesto, aunque no de encontrarme con ellos cada día, ni relatarnos con pelos y señales cada eventualidad de nuestra rutina. Nos cernimos a lo destacable, fuera de esa línea, hacemos lo de cualquier grupo de chavales; beber cerveza e intentar meternos en la cama de cualquiera que se preste, cuando nuestras recién despegadas carreras profesionales nos lo permiten. A parte de eso, prefiero los momentos de soledad. Estos me ayudan a centrarme. Mi objetivo es convencer al abuelo para que venga a vivir a Nueva York, y una vez allí, abrir mi estudio de fisioterapia y evolucionar profesionalmente. Pero lejos de lo que pude creer cuando decidí venir; ni está siendo tan sencillo convencer al abuelo ni tan complicado adaptarme. Lo primero, lo tenía claro. Lo segundo, me desconcierta, pues nunca pensé que, conforme avanzara zambullido entre días, aparecerían dudas. Dudas sobre olvidar el plan inicial y empezar a barajar la posibilidad de quedarme.
Tal vez, la soledad de estos meses empiece a hacer mella o, simplemente, algunas partes de mi han ido madurado sin que fuera consciente de ello. De cualquier modo, no me avergüenza reconocer cuanto me alegra que el pequeño entre por donde sea a animarme las mañanas de los sábados, y menos todavía, que sea una de las razones por las que esas dudas estén acampando tan anchas en mis ideas. Porque lo hace. Hay ruido cuando él está, ruido que despierta algo en mí. Ternura. Esperanza.
Es probable que el motivo sea que me recuerde un poco a mí. Es curioso cómo podemos ver nuestro reflejo en otras personas, incluso en etapas en las que somos incapaces de desnudarnos nosotros mismos frente a un espejo.

Cinco minutos después, caminamos a casa del abuelo. Se encuentra un par de calles más delante de la barbería, pero el trayecto me permite hacer hipótesis sobre quien es realmente Rob.
Nuestras conversaciones no suelen ser muy extensas. Se resumen a preguntas triviales sobre nosotros mismos, que nos dedicamos a esquivar la mayor parte del tiempo. A cualquier persona con dos dedos de frente le puede resultar poco creíble que un niño tenga que zafarse de las preguntas de un adulto. Al revés podría contestarle cualquier pantomima y él no sabría si estoy mintiendo o no, porque no me conoce. En teoría. Porque sabe cuándo no estoy siendo sincero y sus opiniones me importan. Lo considero un amigo, especial, por la evidente diferencia de edad entre ambos. Pero, básicamente, cumple las funciones de un amigo. Incordia, apoya y… Sí, todo eso está incluido en una personita que apenas sobrepasa la altura de mi cadera, y créeme, es mucho más de lo que a menudo estamos dispuestos a dar los adultos. Sobre todo, porque lo hace con el cariño y la inocencia que le otorga su aparente falta de experiencia con las personas.
―¿Sabe tu madre que sales tan temprano de casa?
Sin aflojar el paso, se encoge de hombros, mirando al frente.
―No tiene ni idea, ¿cierto?
Suspira, asegurándose de que lo he oído.
―Mamá estaba en una de sus guardias, es enfermera, ¿sabes? Ni siquiera habrá llegado a casa. ―Paro en seco, instándolo a imitarme―. Tranquilo, he dejado una nota para informar que estoy con el señor Patrick…
Alzo una ceja interrogante; ahora soy yo quien no sabe si eso es bueno o malo.
―Además, Lily está ocupada con los exámenes. Seguro que anoche se quedó estudiando hasta tarde y…
―¿Quién demonios es Lily? ―interrumpo.
―Mi niñera.
―Tu niñera ―repito.
―Sí, me cuida siempre que mamá no está, aunque a veces olvida que tiene que hacerlo. ―Toma aire y lo expulsa con pesadez―. No me importa, tiene mucha presión…
―¿Tiene mucha presión? ―alzo la voz―. ¿Tu madre te deja con una niñera fantasma, y tú la defiendes, porque «tiene mucha presión» ?
―Intento ser apático, ¿vale?
―¿No será empático?
―Eso es lo que he dicho.
―¿Dónde narices aprendes tú esas palabrejas?
―De Lily.
―¡Vaya hombre, algo hace bien… !
Sacudo la cabeza y retomo la marcha.
―Es casi psicóloga, la conocí cuando estaba aprendiendo a leer. ―Se rasca la mejilla―. Soy un poco torpe, me cuesta pronunciar algunas letras. Es un asco.
―Sí, debe serlo ―respondo con fingida indiferencia.
―Pero Lily me ayuda a centrarme y me presta sus apuntes para que los lea en voz alta. ―Sonríe orgulloso―. Y cuando no comprendo algo, me explica qué significa. Es divertido.
―Sí, lo es ―repito con la mitad de su emoción.
Al llegar a la entrada de la casa de mi abuelo, Rob tira de la manga de mi abrigo, invitándome a poner un pie más allá del baldosín de la acera, pero mi cuerpo se queda rígido y estático; como siempre que lo intento. Carraspeo y lo miro disimulando, aunque sé que en cuestión de minutos, cada molécula que habita mi cuerpo comenzará a helarse como si estuviera perdido en medio de la nada durante el peor de los inviernos.
―¿No vas a entrar? ―pregunta.
Niego en silencio, mientras le desordeno el pelo.
―El señor Patrick dijo que esta semana haríamos un comedero para pájaros. ―Sonrío al ver su emoción―. ¿Estás seguro de no querer ayudarnos?
―Ya me gustaría ―digo, declinando la ostentosa oferta―. Tengo una casa que encontrar, ¿recuerdas?
―La semana pasada dijiste lo mismo y no cumpliste tu palabra.
Bizqueo. ¿Cómo es posible que me deje amedrentar por una criatura de seis años?
―Está bien… ―Suelto una carcajada―. Entraré por detrás.
―¿Por qué?
Lo miro el ceño fruncido, gesto que favorece a que desista de su criba de preguntas interminables y camine detrás de mí en el rodeo de la fachada para entrar. Él no se imagina una vigésima parte lo que me supone cruzar con éxito hasta el patio trasero. Mientras intento averiguar si es por la decisión en sí o por lo precipitado de la misma, mi cuerpo va saliendo de la corta hibernación que había comenzado, reemplazándola por una extraña sensación de calor.
―¡Hombre, mira quién ha venido! ―dice mi abuelo.
Después de abrazarlo, nos mira por turnos. Verme en el jardín lo ha cogido por sorpresa; más que a mí, si eso es posible. Intuyo que está deseando soltar algún comentario de los suyos y, aunque prefiere centrar su atención en Rob, no disimula al preguntarme con la mirada si estoy bien cada pocos segundos.
En realidad, es algo que no podría describir con claridad. Esta casa despierta las pesadillas más enterradas en el fondo de mi alma y revive los peores recuerdos de mi vida. Al margen de eso, paso el rato como puedo y muestro con la mayor naturalidad posible, sin detenerme a observar los posibles cambios desde la última vez que estuve en estos mismos metros cuadrados. Tomo aliento que no me cabe en los pulmones y fuerzo a mis extremidades a que abandonen el hormigueo de angustia que las recorre. El abuelo parece tener más color que el día anterior. Se le da bien fingir que está al cien por cien. Pero un infarto no es algo que haya que tomarse a la ligera, así que, por más que proteste, me aseguro de no darle sobresaltos y tome su medicación.
La mañana transcurre volando, y a pesar de que no participio directamente en su trabajo de manualidades, sí que lo hago en la conversación entre ellos, esforzándome por entender el vínculo que los une o algún dato personal del pequeño. Al no lograrlo, desisto y empiezo a hacerme a la idea de que si quiero saber algo más de él, tendré que esperar paciente hasta que quiera contármelo. Sin presiones, ni prisa.
―Es hora de irnos, colega, tu queridísima Lily debe estar preocupada por ti ―sugiero a la hora de almorzar.
Decepcionado asiente y obedece, yendo por su abrigo. Se despide del abuelo y quedan para mañana. Lo que significa que también tendré despertador a domicilio.
Al salir, también por el jardín, se queda pasmado mirándome.
―¿Qué?
―Hasta mañana ―dice antes de echarse a correr. No estoy seguro del por qué, pero hago lo mismo hasta llegar a su espalda. Frena y toma aire.
―¿Qué pasa?
―Voy a acompañarte a tu casa, colega. ―Me mira reflexivo―. ¿Te parece bien? ―Asiente sonriendo, mientras se pone en camino.
Sin querer, yo también lo hago. Me alegra que poco a poco, mi pequeño amigo me deje entrar en su vida. Sonrío y miro a mi espalda por encima del hombro, quizá, con él en la mía, mis fantasmas no me atosiguen con tanta dureza como hasta ahora, e incluso que se despidan de mí para siempre.

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¡Feliz domingo!REDES Nuestro Caos - Sira Duque

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